Categoría: RECUERDO
El Valle de los Caídos, denominado
oficialmente Valle de Cuelgamuros desde
2022,[3] es un conjunto monumental[4] formado por una basílica católica, una abadía y una cruz de 150 m de altura asentada sobre
la cumbre de un risco que domina todo el valle circundante;[5] con la peculiaridad de que la
basílica es subterránea en su totalidad.
Se encuentra situado en
el valle de Cuelgamuros de
la sierra de Guadarrama,
en el municipio de San Lorenzo de El
Escorial, Comunidad de Madrid, España, a 9,5 km al norte del monasterio
de El Escorial y unos 50 al noroeste de Madrid.[4]
Fue construido entre
1940 y 1958 principalmente con mano de obra de presos políticos republicanos,[6][7] y también trabajadores
contratados.[8][9]
En su diseño
participaron los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez;
las esculturas corresponden a Juan de Ávalos y
Taborda, entre otros.[10][11]
Está considerado uno de
los mayores exponentes de la arquitectura
franquista.[12]
La cruz tiene 150 metros de altura (con brazos
de 24 metros cada uno), coronándose así como la más alta del mundo.[13]
El conjunto sigue
perteneciendo a la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, cuya
disolución está prevista en el artículo 54 de la Ley de Memoria
Democrática.
Hasta la publicación
del correspondiente Real Decreto (en julio de 2025 aún no había sido aprobado),
sus funciones han sido asumidas por Patrimonio Nacional,
según lo establecido en la Disposición Transitoria primera de dicha ley.[nota 1]
Desde 1990 el número
anual de visitantes varía entre 150 000 y 500 000.[14][15]
El general Francisco Franco ordenó su construcción en
1940 y que fuesen enterrados allí José Antonio
Primo de Rivera, fundador de la Falange Española,
y los caídos de la «Gloriosa Cruzada».
Poco antes de su
inauguración en 1959 fueron llevados allí restos de soldados del bando
republicano, por lo que finalmente quedaron enterrados 33 833 combatientes
de ambos bandos de la guerra civil española.[16]
Los columbarios están
detrás de las dos grandes capillas del Santísimo y del Sepulcro (ambas a los
lados del crucero) y de las seis laterales de la Virgen ubicadas en la nave.
No hay separación por
bandos, unos y otros están entremezclados.[17]
Con oficialmente restos
de 33 847 personas distintas,[18] y calificada la «mayor fosa común
de España»,[19] de acuerdo con una fuente del
Valle incluida en un artículo publicado en El País en 2008, la exhumación de
cadáveres sería imposible dado que estos habrían acabado formando parte de la
propia estructura del edificio, al haber sido empleados para rellenar cavidades
internas de las criptas,[18] y que, por efecto de la humedad,
habrían acabado conformando un «cadáver colectivo indisoluble».[20]
Pruebas de CSIC en 2018
así lo confirman.[21]
En 2012 finalizó una
restauración parcial.[22] En 2018 las visitas crecieron en
un 103 % y alcanzaron más de 4000 por fin de semana con motivo del anuncio
de la entonces posible exhumación de
Franco.[23]
El desenterramiento se
llevó a cabo finalmente el 24 de octubre de 2019.
Los restos del que
fuera jefe del Estado, fueron trasladados al cementerio de
Mingorrubio, junto con los de su viuda Carmen Polo, cumpliendo así
la voluntad de Franco de ser enterrado junto a su esposa fuera del monumento[24] y una reforma ad hoc de la Ley de
Memoria Histórica aprobada en 2018 con la finalidad exclusiva
de la exhumación.[25][26]
También se exhumó en
2023 a José Antonio Primo
de Rivera por deseo de su familia,[27] cuyos restos descansan
actualmente en el cementerio de San
Isidro, junto a sus familiares.
El monumento está
situado en el valle de Cuelgamuros,
en el extremo sur de la sierra de Guadarrama.
Como el resto de la sierra, el entorno del valle está compuesto por grandes
formaciones graníticas, y su vegetación predominante son los bosques de coníferas, aunque también destacan
los robles, algunos olmos y,
entre los arbustos, jaras, romero y tomillo.
Está flanqueado por
varias colinas y lo surcan algunos arroyos; uno de ellos, el Boquerón
Chico, tiene una presa y surte de agua al monasterio.
Está enclavado en el
término municipal de San Lorenzo de El
Escorial.
El recinto, con sus
edificaciones, constituye un predio, acotado y tapiado, de 1365 hectáreas, que
limita al norte con el municipio de Guadarrama y
al sur con el arroyo del Guatel, finca de la Solana y
el monte de La Jurisdicción. Discurre al este la carretera de El Escorial a
Guadarrama y la finca La Solana, y al oeste los términos municipales de Peguerinos y Santa María de la
Alameda. Su altitud está comprendida entre 985 y 1758 metros sobre
el nivel del mar; esta última pertenece al Risco de los Abantos
En el Registro de la
Propiedad de mediados del siglo XIX la
finca aparece inscrita con el nombre de Pinar de Cuelga Moros, que se convierte en Cuelgamuros en la inscripción
registrada en 1875 y en todas las siguientes.
Su último propietario
antes de la expropiación forzosa por el Estado fue Gabriel Padierna de Villapadierna, marqués de Muñiz.
La cuantía de la
expropiación, ejecutada por la vía de urgencia, fue de 653.483,76 pesetas.
Su altitud se sitúa
entre los 985 y lo 1.758 metros sobre el nivel del mar.
Esta última cota máxima
corresponde al Risco de Abantos, mientras que el Risco de la Nava, sobre la que
se levantaría la gran cruz, se sitúa en torno a los 1.400 metros.
La idea era que el
monumento fuera visible desde Madrid en los días claros.[28]
Cuelgamuros se
encuentra en la sierra de Guadarrama y
está casi equidistante de Madrid (58 km), Ávila (55 km) y Segovia
(50 km).
Al Valle de los Caídos
solamente es posible acceder a través de la carretera M-527.
Nada más terminar
la guerra civil la
geografía española se llenó de cruces y de monumentos a los caídos del bando nacional pero «el proyecto más
ambicioso del régimen destinado a conmemorar la Victoria y a honrar a los
perecidos franquistas fue, sin ningún asomo de duda, el colosal Valle de los
Caídos».[29]
Tras su inauguración en
1959 se convirtió en uno de los símbolos del franquismo, con la «clara
intención de que el régimen contase con un gran monumento que representase todo
aquello en lo que se sustentaba», «un recordatorio de la Victoria y de la
sangre derramada por ella».
Por otro lado, fue el
proyecto personal del Generalísimo Franco.[30]
En la «construcción
simbólica» del franquismo, como la ha llamado Zira Box, la guerra de la que
había surgido fue el referente inequívoco y en especial «todo lo que tuvo que
ver con la retórica y el ritual en torno a los caídos».[31]
Una valoración
compartida por el historiador Javier Rodrigo para quien «de las políticas
enfocadas hacia la articulación y la consecución de un consenso activo en torno
al Régimen, a
su Caudillo y a
los valores que representaba, ninguna tuvo, posiblemente, tanta importancia
cotidiana ―al margen de las políticas asistenciales― como el culto a la memoria
de los caídos».[32]
«En definitiva, el
perpetuo recuerdo de sus muertos sería una constante en la dictadura española que
se manifestaría a través de las más diversas formas», concluye Zira Box.[33]
En el imaginario franquista
«la sangre vertida por los caídos en la guerra era la siembra cuya cosecha se
recogía con la Nueva España de la Victoria».[31]
Así lo recordó el
propio Franco en un discurso pronunciado en Asturias en 1946: «No hay redención
sin sangre, y bendita mil veces la sangre que nos ha traído nuestra
redención».
Ernesto Giménez
Caballero le dijo al general Moscardó en
mayo de 1939: «¡Soldados de Franco! ¡Ungidos de gloria y de Imperio! Sólo la
muerte heroica se hace vida fecunda.
Sólo la sangre mueve la
Historia. Sólo los Caídos levantaron hacia arriba a España».[34]
Tres días después de
acabada la guerra el Generalísimo Franco
declaraba por medio del general Saliquet que «en los momentos en
que con la victoria final recogemos los frutos de tanto sacrificio y heroísmo,
mi corazón está con los combatientes de España, y mi recuerdo, con los caídos
para siempre en su servicio».[35]
En efecto, como ha
destacado Zira Box, «la dictadura española no escatimó esfuerzos en otorgar un
puesto de honor a quienes habían caído por ella». El país se llenó de
monumentos y cruces levantadas en su honor y se celebraron masivos funerales,
misas, demostraciones y desfiles en su recuerdo.[36] «Por doquier empiezan a surgir
cruces y cruceros en homenaje y recuerdo de los héroes, de los mártires, de los
caídos en la Cruzada» y en los muros de las iglesias «se inscriben en torno a
los brazos de la cruz los nombres de los muertos en el bando de los
vencedores».[37]
La retórica y el ritual
franquista en torno a los caídos procedían fundamentalmente de Falange Española,
cuyos jóvenes «caídos» fueron progresivamente exaltados y sacralizados ―su
líder José Antonio
Primo de Rivera insistía continuamente en la idea de la muerte
como un acto de servicio y de sacrificio―.
En el entierro del
«cuarto caído» de Falange a principios e 1934 se inauguró el ritual del grito
de «¡Presente!» tras pronunciar el nombre del «camarada» muerto ―un ritual que
los falangistas habían tomado de los fascistas italianos―.[38]
Al cumplirse el primer
aniversario de la fundación de falange el 29 de octubre de 1934 quedó
instituida esa fecha como el Día de los Caídos del partido y en todos los
funerales por los militantes muertos se leería la Oración por los muertos de Falange compuesta por Rafael Sánchez Mazas.[39] Tras promulgar el general Franco el Decreto de Unificación entre
la Falange y la Comunión
Tradicionalista en abril de 1937 los caídos ya no lo serían por
la «Revolución Nacional-Sindicalista» o por España como se decía en los
rituales falangistas o «por Dios» o por España como se decía en los carlistas
―que tenían su propia conmemoración a sus muertos, la Fiesta
de los Mártires de la Tradición, creada en 1895 y que se celebraba
cada 10 de marzo―[40] sino «por Dios, por España y por
su revolución nacionalsindicalista» y más adelante según la fórmula que se acabó
imponiendo: «por Dios y por España».[36]
Poco después de la
promulgación del decreto de 16 de noviembre de 1938 por el que se instituía el 20
de noviembre de cada año como día de luto nacional, en conmemoración de la
fecha en que fue fusilado José Antonio Primo de Rivera ―y en el que entre otras
medidas conmemorativas, se anunciaba que se erigiría un monumento «de
importancia adecuada a los honores propios del conmemorando―, la Junta Política
del partido único FET y de las JONS ordenó
que todas las iglesias exhibieran en sus muros unas placas conmemorativas con
la lista de los «caídos por Dios y por la Patria» de cada localidad encabezadas
con el nombre de José Antonio
Primo de Rivera.[41]
Como ha destacado, Zira
Box, «si hubo un caído por excelencia dentro del Nuevo Estado franquista, ese
fue sin duda José Antonio».[42]
Nada más acabar la
guerra se levantaron monumentos a los caídos del «bando nacional» por todas
partes con la clara intencionalidad política de afirmar el nuevo régimen franquista cuya
idea de España no incluía a los del bando derrotado (que formaban parte de
la anti-España, según la retórica del
régimen franquista).[33]
Según Borja de Riquer, «no hubo interés por integrar
políticamente a los vencidos, ni por buscar una reconciliación, sólo se les
quería destruir o someter».[43]
Ya en el inicio de la
guerra civil lo había advertido el general Mola: «Ni rendición ni abrazo de Vergara, ni pactos del Zanjón, ni nada que no sea victoria
aplastante y definitiva».[44]
El 31 de diciembre de
1938, en el comienzo de la ofensiva de Cataluña,
el general Franco advirtió en una entrevista concedida a Manuel Aznar que
no habría ni amnistía ni reconciliación para los republicanos.
Solo el castigo y el
arrepentimiento abrirían la puerta a su «redención», exclusivamente para los
que no fueran «criminales empedernidos», a los que solo les esperaba la muerte.[45]
Acabada la guerra
el número dos del
régimen, Ramón Serrano Suñer negó
que pudiera haber ningún tipo de reconciliación porque los vencidos eran un
«enemigo irredimible, imperdonable y criminal» sobre el cual debía caer «la
sentencia de irrevocable exclusión, sin la cual estaría en riesgo la propia
existencia de la Patria».[46]
El propio Generalísimo Franco dejó muy
claro que no habría tregua con los vencidos ―«El espíritu judaico… que sabe
tanto de pactos con la revolución
antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de
muchas conciencias», dijo el 19 de mayo de 1939, el día del Desfile
de la Victoria― y que tampoco habría amnistía ni reconciliación.[47] Así lo manifestó en su mensaje de
Fin de Año de 1939, «el Año de la Victoria», cuando descartó las «monstruosas y
suicidas amnistías, que encierran más de estafa que de perdón», y propugnó en
su lugar para los vencidos la «redención
de la pena por el trabajo, el arrepentimiento y la penitencia» pues
«quien otra cosa piense, o peca de inconsciencia o de traición».
«Son tantos los daños
ocasionados a la Patria, tan graves los estragos causados en la familias y en
la moral, tantas las víctimas que demandan justicia, que ningún español
honrado, ningún ser consciente puede apartarse de estos penosos deberes»,
añadió.[48]
Así que Franco ordenó
la puesta en marcha de la «Causa general sobre la
dominación roja en España» con el fin de castigar «los hechos delictivos cometidos en todo el territorio
nacional durante la dominación roja».[49]
Una Causa General que, según Julián Casanova,
confirmó «la división social entre vencedores y vencidos, ‘patriotas y
traidores’, ‘nacionales y rojos’ ».[50]
Para los vencidos, «el
luto y el apoyo de la comunidad fueron sustituidos por el insulto, la
humillación, las amenazas y las penurias económicas».[51]
Fueron tantas las
iniciativas para levantar monumentos a los caídos que se promulgó una orden el
7 de agosto de 1939 para unificar su estilo y su sentido.
«Las finalidades
políticas que condensaban los monumentos a los muertos eran múltiples: recordar
la Victoria en cuanto mito fundacional del régimen, ensalzar a los vencedores,
someter a los vencidos, mostrar al pueblo algunos de los fundamentos del nuevo
sistema político (tales como la paz, la concordia, la solidez…) o exaltar el
poder de quienes, habiendo ganado con las armas, tributaban sus logros a los
fallecidos».[52]
Según la orden, todos
los proyectos tenían que ser aprobados por la Subsecretaría de Prensa y
Propaganda dependiente del Ministerio de la Gobernación previo informe técnico
y artístico de la Dirección General de Arquitectura, dirigida por Pedro Muguruza ―que sería el primer
arquitecto del Valle de los Caídos―, y del Departamento de Plástica de la
Dirección General de Propaganda, que dirigía el cartelista falangista Juan Cabanas, a las órdenes del también
falangista Dionisio Ridruejo.
Sin embargo, tras
la crisis de mayo de 1941 los
servicios de Prensa y Propaganda pasaron a depender de la Vicesecretaría
de Educación Popular, dirigida por el monárquico y católico Gabriel Arias-Salgado.
Las directrices que
emanaron de estos organismos para el levantamiento de los monumentos a los
caídos se basaban en principios claros ―«sobriedad, austeridad, clasicismo,
sencillez y decoro, características que formaban parte del ideal arquitectónico
de los fascistas españoles»― y todos ellos debían estar coronados por la cruz
como elemento principal del monumento ―«una cruz decorosa, proporcionada y que
quedase integrada dentro del conjunto monumental», explica Zira Box― a la que
podrían acompañar figuras alegóricas como el águila o el laurel o símbolos del
nuevo régimen como el yugo y las flechas,
el escudo franquista o
el Vítor.
De hecho muchos proyectos
fueron desestimados por no cumplir con estos principios.[53]
Por otro lado, se
eligió el «Día de los Caídos», 29 de octubre, para inaugurar las placas y
monumentos.[29]
CRUZ CRUZ
Altura de 150 metros
De los que 25 corresponden
al basamento con los 4 evangelistas (de
18 metros de altura cada uno) y sus símbolos o tetramorfos —Juan y el
Águila, Lucas y
el Toro, Marcos y
el León y Mateo y
el Hombre alado— realizadas por Juan de Ávalos; 17 metros al cuerpo intermedio
con las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; y 108 al fuste de la cruz.
Si a ello se añade la
altura del risco de la Nava utilizado a modo de pedestal rocoso, habría que
sumarle otros 150 metros más.
La longitud de los
brazos es de 46,40 m; en sus pasillos interiores podrían cruzarse dos vehículos
de turismo.[5]
La estructura del
conjunto se fabricó con hormigón armado reforzado con un bastidor metálico y
recubierto con cantera labrada y mampostería de berrugo.
La construcción se hizo
sin andamiaje, elevando la edificación desde dentro, como si se tratara de una
chimenea; al mismo tiempo iban subiendo las escaleras y el montacargas, donde
ahora existe un ascensor, por el interior.
Los brazos, con una
orientación norte-sur, se realizaron también sin andamios, colgando una
plataforma del armazón de hierro según se iba montando este.
En cuanto a su
delineación, está lograda por la penetración de prismas rectangulares que
forman una cruz griega en la
sección transversal, con una suave gola realzada que amortigua la arista
exterior de cruce de los dos prismas.
Está considerada como la cruz cristiana más alta del mundo, visible a más de 40 kilómetros de distancia.[13]
No hay comentarios:
Publicar un comentario