El 12 de enero de 2010
Un terremoto de 7
grados en la escala de Richter dejó la capital de Haití bajo los escombros, con
un saldo de más de 200.000 muertos.
La infraestructura del gobierno central y los gobiernos
locales quedó completamente colapsada.
El artículo sostiene que las verdaderas causas del desastre
no deben buscarse en el movimiento sísmico sino en las condiciones
socioeconómicas extremas, las aglomeraciones urbanas, los estilos precarios de
construcción, la degradación ambiental, la debilidad del Estado y las presiones
internacionales.
En suma, en la histórica exclusión y pobreza. Por eso, además
de la necesaria solidaridad, América Latina debe aprender las lecciones que
deja la catástrofe de Haití.
CAUSAS
Pero el desastre en Haití no fue el movimiento sísmico.
El verdadero problema no fue una falla que se movió
lateralmente y que con toda certeza lo seguirá haciendo en los próximos meses y
años.
La catástrofe son los dos millones de personas que deambulan
por las plazas y calles y que viven en espacios precarios superpoblados, con
escasos medios de protección contra la intemperie.
Es el medio millón de desplazados internos, que hoy nadie
sabe adónde y en qué condiciones están, ni en qué medida se han llevado
consigo, entre sus ropas, el riesgo del que huyen, con sus necesidades
perennemente insatisfechas.
El desastre en Haití es una población mayoritariamente pobre
que hoy se encuentra en las peores condiciones de inseguridad, condiciones que
antes del sismo caracterizaban sobre todo las zonas de exclusión más violenta
de los asentamientos precarios de Carrefour Feuilles, Bel Air o Cité Soleil,
entre otros.
Hoy, miles de personas que luchaban diariamente por alejarse
de esa realidad de espanto se encuentran sumidas en ella, en la marginalización
extrema, la insalubridad y la intemperie; la desesperanza de quienes tocan
fondo.
La misma información científica sirve para constatar estas
aseveraciones: en la historia reciente, pocos eventos sísmicos de una escala
similar habían provocado una cantidad de muertos y daños tan importantes como
los que acontecieron en Haití.
Los efectos del sismo superaron los de todos los terremotos
que se han registrado desde 1900, aun aquellos que registraron magnitudes mucho
mayores.
La información científica, aún en proceso de estudio, indica
que la liberación máxima de energía del terremoto estuvo orientada hacia las
zonas de Léogane, Petit Goâve y Grand Goâve, hacia el suroeste de Puerto
Príncipe, mientras que la ciudad estuvo sometida a una descarga de energía
sensiblemente menor.
Los especialistas coinciden en que la intensa destrucción
tiene más que ver con la densidad urbana y el modo de construcción de viviendas
que con la distribución de la energía sísmica.
Por eso, entender las razones que han
generado estos efectos permitirá comprender mejor lo que sucedió en Haití,
identificar sus causas y analizar hasta qué punto su población se encuentra hoy
en un riesgo mayor al del pasado.
La clave
Es el desarrollo.
El Informe de evaluación global
sobre la reducción del riesgo de desastres señala que «los
países más pobres se ven afectados por riesgos de mortalidad y de pérdidas
económicas en grados desproporcionadamente más elevados si se los compara con
niveles similares de exposición a amenazas».
El informe incluye «estudios de caso en
ciudades concretas que indican que tanto la incidencia de desastres como las
pérdidas se vinculan con procesos que hacen que aumente la exposición de las
personas pobres a amenazas, como por ejemplo la expansión de asentamientos
informales en zonas propensas a amenazas».
No es la amenaza física, en este caso la actividad sísmica,
lo que determina la magnitud de la catástrofe, sino la exposición de los grupos
sociales.
Esto es resultado de la estrecha relación entre pobreza y
vulnerabilidad, que se sintetiza en el gráfico de la página siguiente y que en
el caso haitiano dio como resultado un complejo y elevado riesgo de desastre.
El nexo entre pobreza y riesgo es más que evidente en Haití.
Las cifras son elocuentes.
Haití es el país más pobre del continente: 80% de su
población, antes del sismo, sobrevivía con menos de dos dólares al día.
El entorno está degradado a niveles impresionantes, con solo
2% de cobertura forestal y con procesos galopantes de erosión y pérdida de
tierras cultivables.
La principal fuente de energía es el carbón vegetal, y hasta
el momento prácticamente ningún intento de frenar la deforestación ha sido
exitoso.
La escasa rentabilidad en la agricultura y la baja
competitividad de sus productos de exportación, dadas la inequidad de los
aranceles y la injusta protección en los países desarrollados, generan un
elevado flujo migratorio, de unas 75.000 personas al año, hacia las ciudades,
donde se registra una urbanización caótica y desenfrenada, con procesos de
construcción anárquicos y sin ningún control.
Los cerros de la ciudad estaban cubiertos de pequeñas
viviendas construidas en un cemento pesadísimo y de mala calidad, aglomeradas
unas encima de las otras.
Muchos edificios de más de cinco pisos, producto de
incipientes procesos de inversión extranjera, comenzaban a alterar el paisaje
urbano, la mayoría de los cuales también se vio afectada por la mala calidad de
su construcción.
Por otra parte, Haití cuenta con un Estado débil, permanentemente
afectado por crisis políticas y conflictos, muchos de ellos determinados por
intereses extranjeros, que generan condiciones de escasa gobernabilidad y
corrupción.
Pero, más allá de este panorama general, hay que distinguir
los factores globales y subyacentes del riesgo, cuya configuración se analiza
en el gráfico.
En primer lugar, el riesgo cotidiano (la población expuesta a
la inseguridad alimentaria, enfermedades, delincuencia, etc.) que afectaba a
una abrumadora mayoría de haitianos.
Paralelamente, un riesgo extensivo, que también afectaba a la
población más dispersa, exponiéndola a miles de impactos de pequeña escala,
pero altamente significativos para sus medios de vida.
Fue este riesgo extensivo, presente en toda la zona rural, el
que generó una presión permanente sobre los centros urbanos, con altas tasas de
inmigración, que elevaron la densidad urbana y la exposición al desastre.
Y, por último, el riesgo intensivo, que se ha hecho
manifiesto en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, con las características
extremas que ya se han visto.
Claramente, el desastre que se inició el 12 de enero a las 16:53 no se generó en el subsuelo haitiano: la causas estaban en la superficie y siguen ahí, ancladas en el desarrollo histórico, la exclusión y la configuración espacial del área metropolitana de Puerto Príncipe y Pétionville.
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